SE DECRETA LA CREACIÓN DE UNA UNIVERSIDAD PARA LA REGIÓN DE LOS LLANOS OCCIDENTALES



Basado en las experiencias de la actividad universitaria en Venezuela -que venía actuando de espaldas a las necesidades primordiales que el desarrollo del país reclamaba, y atendiendo al clamor de la comunidad de los Llanos Occidentales que pedía la creación de estudios superiores en la región, el Gobierno Nacional, después de considerar el estudio de factibilidad que la Comisión Organizadora de una Universidad para los Llanos Occidentales presentó al Ejecutivo Nacional, y basándose, además, en las Disposiciones Fundamentales establecidas en el Título I, Artículo 10 de la Ley de Universidades (08/09/1970), decide crear otro modelo de universidad experimental, donde las actividades de docencia, investigación y extensión constituyan la base fundamental de la acción universitaria en favor de la comunidad nacional, regional y local. Así, apoyado en las nuevas provisiones establecidas por las autoridades educativas del país, se creó, el 7 de octubre de 1975, una nueva institución de educación superior ubicada en la región de los Llanos Occidentales de Venezuela: la Universidad Nacional Experimental de los Llanos Occidentales, con presencia en los estados Apure, Barinas, Cojedes y Portuguesa. Posteriormente, a esta Universidad se le distingue con  el epónimo  del General del Pueblo Soberano, Ezequiel Zamora, deviniendo así su nombre,  con el acrónimo UNELLEZ.


EVOLUCIÓN DEL PROCESO DE CREACIÓN DE LA UNELLEZ 

A objeto de ilustrar a los lectores sobre las particularidades de la primigenia ciudad que promovió e impulsó la creación de estudios superiores en la región de los Llanos Occidentales, Guanare. revisamos lo que fue aquella ciudad pre-universitaria.

La ciudadela Guanare, capital del estado Portuguesa, fue fundada en 1591 por el capitán lusitano Juan Fernández de León con el nombre de Ciudad del Espíritu Santo del Valle de San Juan de Guanaguanare. La ciudad está emplazada a unos 183 metros de altitud, en el piedemonte andino-llanero, justamente entre los otrora caudalosos y navegables ríos Guanare y La Portuguesa, razón por la cual la ciudad era conocida como la Mesopotamia del Llano.  El crecimiento de la ciudad se produjo en forma lenta y retardada, pues su ubicación distaba mucho de las ciudades centrales del país. Pero para enriquecer el conocimiento que puedan tener los lectores sobre la existencia remota de la ciudad Capital Espiritual de Venezuela, y Capital Política del estado Portuguesa, invitamos al insigne académico guanareño, pedagogo, escritor y jurisconsulto, doctor José Santos Urriola, para que nos relate cómo era la vida en el Guanare, por ejemplo, de 1930. Nos señala Urriola (1995), que la ciudad era el prototipo de poblado campesino, en el que apenas se oía el latido de su pulso en la soledad de la sabana. Las buenas gentes, gastadas por el paludismo, se miraban las caras macilentas, mano sobre mano, con las fuerzas prendidas en el soplo de brisa con fiebre. Por las terronales del sur, bajo el cielo en llamas, deambulaban unas cuatro reses muertas de sed. Ello permitía clasificar a Portuguesa como estado ganadero. Y, aclaraban los textos escolares, que también era productor de queso, de cuero de res… Algunos añadían las plumas de garza, como un leve recuerdo de la “belle-epoque”. Entonces, a las doce, el canto de una tórtola, por los lados del cerro, sonaba como campanada de melancolía. Desde su breve pedestal, un Bolívar de mármol veía pacer los burros en la plaza. En el botiquín de la esquina, las conversaciones morían de inanición. Todo parecía extinguirse gota a gota, como se va la vida de un enfermo desahuciado al compás del tinajero. Sin mayores revuelos, la ciudad continuó su trajín histórico al paso lento de la res morosa, agregando servicios públicos que dejarían atrás la precariedad de aquella ciudad pastoril. Pero que no todo era tristeza, monte y culebras en Guanare. Nos señala el doctor Urriola, que a la ciudad mariana le llegaba su febrero cada año. Se trataba de las fiestas coromotanas, cuando llegaban a la ciudad romerías de Caracas, Barquisimeto, Valencia, Maracaibo y de otras ciudades del país y de las islas caribeñas. Se trataba de cristianos de fe capaz de mover montañas, que atravesaban medio país por entre el polvo gris del verano. Hombres y mujeres de todas las edades, de las más variadas condiciones, que llegaban sucios de caminos, sudorosos, hasta la deshidratación, con una palabra de alegría, a flor de labios. Como alguien que regresa a la casa paterna. Y durante media semana Guanare crecía en millares de habitantes, en devoción mariana, en el más puro sentimiento de solidaridad entre los seres humanos. Porque cada hogar de Guanare se abría a los peregrinos, con un espíritu de solidaridad casi beduina.  Y después de varios días con sus noches de adoración a la Virgen de Coromoto, se marchaban los visitantes y caía sobre el pueblo aquel silencio viscoso que parecía ahogar hasta el verdor de los árboles. Continúa señalando Urriola que: Así, pues, transcurría el tiempo, año tras año, en la provincia venezolana, donde llegaban por cuenta gotas pedacitos de formas ilustradas desde las grandes urbes de Caracas, Valencia y Maracay, entre otras, fletadas en carretas tiradas por mulas, y que tardaban meses para llegar hasta los pueblos de los Llanos Occidentales. Por cierto, que esta estampa de la pueblerina Venezuela la plasmamos en un artículo de la prensa regional, por allá en el año 2012, en el que escribimos sobre las Pulperías culturales (“El Periódico de Occidente”. Guanare, 16/05/2012):  Así referimos los simpáticos relatos que ofrece la historiografía que maneja el tema de las pulperías y los pulperos. Por ejemplo, entre tantas narraciones, se refiere que: …después de largos y calurosos viajes por los polvorientos caminos de la Venezuela rural, los carreteros y jinetes -ya “registrados” en las posadas y pensiones de la época-, despegaban las carretas y desensillaban las bestias para que descansaran, mientras ellos entregaban mercancías, comían, bebían tragos de aguardiente y jugaban al bolo a la vera de las pulperías. Al caer el sol, colgaban sus hamacas para disfrutar del reparador sueño que los disponían, a tempranas horas de mañana, a continuar el viaje. En la Caracas del siglo XVII, los viajeros hacían obligatorias sus paradas en las pulperías para descansar; se sentaban en los pretiles de los soportales de esos establecimientos –que en oportunidades funcionaban en las mismas casas de familia de los pulperos- para tocar guitarra cantar y disfrutar de las bebidas espirituosas de fabricación casera. En los apartados rincones del país, las pulperías se convertían en “mojón civilizador” y centros sociales, pues los viajeros dejaban con los pulperos periódicos y narraciones que daban cuenta de las últimas noticias ocurridas en la capital del país y de otras ciudades del centro. El pulpero, que por lo general era un hombre instruido en las cuestiones del leer y el escribir, se encargaba, en simpáticas tertulias, de divulgar entre lugareños y viajeros las noticias citadinas. Recordemos, que para la época no existían en esa Venezuela rural emisoras de radio, periódicos ni mucho menos televisión. Pensamos que basados en esta vernácula experiencia, y echando manos a la tecnología comunicacional del momento, el gobierno nacional (hoy día) ha creado las Bodegas Culturales, las cuales son autogestionadas por las comunidades, y en las que se ofrecen, a precios solidarios, discos, películas, afiches, pinceles, pinturas, lienzos, instrumentos musicales, libros, acrílicos, óleos, gastronomía y artesanía propia de los creadores tanto regionales como nacionales. Según información oficial, todos estos insumos son producidos por la cartera de Cultura y por las propias comunidades.    

Se asomaba el siglo XX y en la Venezuela petrolera se suceden una serie de hechos socioeconómicos que caracterizaron al país, y que el insigne venezolano conservacionista Francisco Tamayo (1987) los resume en un artículo bajo el título de El punto cero en Venezuela, el cual fue publicado en la prensa nacional y posteriormente incorporado a una de sus obras (El Color de la Tierra, 1987). Allí señala Tamayo, por ejemplo, que el progreso social sólo será efectivo si se promueve el potencial capital humano que cada país contiene.

Escribe Tamayo, entonces, que:

 Tal como hoy se encuentra nuestra estructura social (1966), dividida en clases rivales y opresoras las unas de las otras, tenemos como resultado que un enorme porcentaje de la población está condenado a permanecer en lamentable estado de atraso y abandono, negado a todo vuelo intelectual y a toda actividad creadora, y reducido a la ínfima condición de productores de fuerza bruta, en tanto presencian en la acera del frente discurrir la buena vida con algo que les está vedado. Si analizamos los distintos estratos de esta sociedad, encontramos que tanto en unos como en otros se producen capacidades o vocaciones para las más diversas profesiones, pero sólo las clases media y burguesa tienen posibilidades de darle a sus hijos la educación y preparación necesaria, en cambio, el restante estrato o sea el más preterido, las capacidades se pierden lastimosamente a la par que dejan un gravoso fondo de frustración en lo personal y un vacío en lo social. Pero eso no es todo el mal, hay algo más que puede ser igualmente nocivo o quizá peor, dado los prejuicios que pueden preverse, tal
como es el caso del excesivo profesionalismo que arrojan las clases privilegiadas, el cual se traduce por alto índice de egresados universitarios mediocres o malos, a quienes el título los condiciona para ser una verdadera lacra de la colectividad; de ahí tanto profesional incapaz y deshonesto dispuesto a realizar bajas transacciones y negocios sucios. Desde luego, choca al sentido social la condenación del más numeroso de estos estrados de la sociedad, puesto que con ello se pierde en precioso capital-hombre, en tanto quedamos aherrojados en manos de los mediocres y de los pillos… Como en mucha parte el problema tiene un marcado tinte educacional, se podría enfocar hacia allí el interés, al promover una política tendiente a favorecer las clases más desvalidas en este sentido. No solamente con la multiplicación del número actual de escuelas y demás instituciones educacionales, así como un sustantivo mejoramiento de los centros de Educación Normal, sino también y muy especialmente con la implantación del test obligatorio desde la Primaria, para valorar desde temprana edad la capacidad de los educandos. Ahora bien, los muchachos mejor dotados habrían de gozar de una beca que les permitiera coronar sus estudios a costa del Estado venezolano, con la obligación de servir a la Nación durante tres años con sueldo moderado. Pero no basta promover a los hombres mejor condicionados para actuar en la vida, porque todos los seres humanos tienen iguales derechos a los dones de la existencia…


Nos recuerda el conservacionista y educador larense Tamayo, que para la época (1966) existían en el país 300.000 niños venezolanos que carecen de asistencia paterna y viven de la mendicidad, de los desperdicios y de pequeñas raterías, ayunos de hogar, de educación y de la más elemental protección requerida por la infancia. Aparte de la vergüenza y del dolor que inspira tal desamparo, tenemos allí el más grande foco de la delincuencia y el vicio.

Refiriéndose Tamayo a un trabajo periodístico de la columnista Gloria Stolk –por allá, en 1966-, nos señala que, ante tan dramático cuadro social de la Venezuela de entonces, ella escribió…

 Es preciso se dé cuenta de la vergüenza, el dolor, el atraso que representan para el país estos trescientos mil niños abandonados, que mal viven, mal comen, no estudian ni juegan… y que van creciendo con una amargura en el alma que nada ni nadie podrá luego borrar… La gran tragedia de Venezuela estriba en que una buena parte de la población del país, tranquilamente, como si se tratara de un hecho lógico y normal, no quiere a sus hijos, no los cuida, no se hace responsable de ellos; con lo cual nos colocamos por debajo de las bestias que son amorosas con sus crías.

Doña Gloria Stolk –señala el eminente conservacionista Tamayo- asoma tres medios para corregir estos males: educación, matrimonio y aplicación de las leyes de protección a la infancia… La educación es incontrovertible. Es una necesidad a todas luces; pero educar a masas hambreadas, sin hogar y sin trabajo me resulta utópico. Por eso creo que lo primero, aparte de recoger y amparar los trescientos mil niños de una vez, es organizar el trabajo para los miles de miles de padres que llevan la vida más penosa y miserable hacinados en chozas inmundas, subalimentados y privados de todo cuanto de noble y hermoso tiene la vida… Sea como sea, es un hecho indudable que el mecanismo de la sociedad adquiere a cada hora un ritmo más acelerado y diverso, de donde sería conveniente ponerse al día con el Estatuto de Menores y proveer una nueva ley más ajustada a la realidad actual. En efecto, cuando se promulgó el referido Estatuto no existía el cinturón de miseria que hoy llevan todas las poblaciones grandes de Venezuela, de donde dimanan en mucha parte los niños hambrientos y toda una secuela de males de las más diversas especies.

Por otra parte, no debemos olvidar que esta gente del cinturón de miseria proviene del interior, de los campos, aldeas y pueblos desamparados, donde al hombre se le plantea la disyuntiva de morirse de mengua o emigrar hacia la ciudad alucinante. Todo lo cual nos lleva en cadena fuera de la urbe, hacia donde está el punto cero de Venezuela... Ahora precisamente es el momento de actuar con energía, con decisión inquebrantable, en una fervorosa y realista campaña por resolver todo el problema. Tenemos el presupuesto más alto de nuestra historia y quizá el más jugoso de todos los países subdesarrollados. Si no lo acometemos ahora vendrán días peores, de extrema crudeza y ya será tarde para lamentarse (Se pregunta uno ¿Acaso estaría Tamayo sugiriendo aquello de la siembra del petróleo?) … Eso sí, debemos hacer un saneamiento en el presupuesto, en los gastos suntuarios y en todos aquellos capítulos que no obedezcan a una estricta necesidad, cosa de aportar medios económicos requeridos para una magna empresa… Una reforma agraria sincera, sin politiquerías; intensificación del proceso de industrialización, producción de materias primas tanto de la metalurgia como de la agricultura, sustitución de los ranchos por viviendas higiénicas, acción social, educación y más educación. He ahí el camino por andar.

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